La nación representada en un cuerpo

Un Estado republicano implica la participación del conjunto de sus ciudadanos en la vida política del país, representados por aquellos a quienes eligieron. La República es una, pero es la conjunción de la pluralidad de quienes la construyen.

Un país republicano enfoca su punto de atención hacia sus ciudadanos, el gobernante se debe a sus gobernados y no a la inversa, al menos en la teoría. No obstante, las relaciones de jerarquía de poder que implica ser un gobernado o varios gobernados,  representado por otro que tiene el poder,  marcan las zonas de tensión a los que se enfrenta este sistema.

Esta contradicción se va a extender al espacio de representación simbólica. ¿Cómo representar la pluralidad de la comunidad humana que es la República, que no obstante está amparada bajo un sistema único y exclusivo? La república suele ser una, pero se dice que es de todos.

Si bien antes un Estado se representaba por la figura regente, el rey, con el advenimiento de la República se comienza a representar no el gobierno, sino a los gobernados. En un sistema autoritario el líder constituye la persona más importante del territorio, quien le otorga coherencia y cohesión en todos los sentidos. De aquí que su figura encarne al Estado misma. El cuerpo del rey es el cuerpo de la nación.

Cuando se cambia hacia un sistema donde los “súbditos”, devenidos ciudadanos, conforman la estructura principal del Estado, cambia también el proceso representacional. El cuerpo del rey ya no es el cuerpo de la nación, sino que son los ciudadanos quienes la conforman y la definen.

El nacimiento de la alegoría republicana se encuentra en los tiempos de la Revolución Francesa, cuando el fin del régimen monárquico supuso la derogación de los antiguos símbolos reales y la instauración de otros nuevos, portadores de los valores republicanos. Es así como del cuerpo del Rey se transita al cuerpo de la República.

Sin embargo, la República siguió representándose en un cuerpo: el procedimiento de personificación del Estado monárquico se perpetuó, pero en esta ocasión como icono de los ciudadanos y no del gobierno. La nación se define en términos abstractos que, supuestamente, todos sus integrantes comparten en algún grado. Y a la representación de estos valores se dedicó la alegoría en su presentación.

No obstante, la alegoría implicó algo más que la metáfora encarnada de un sistema de valores políticos y sociales. Al tomar para sí la forma de un cuerpo, que ha de resumir a la nación en su conjunto, otros valores, esta vez no tan abstractos, empiezan a participar en la creación de esta corporeidad y sus caracteríticas.

Nociones de raza, género, status social, códigos morales…intervienen en la encarnación de la República como expresión del ideal, no solo político, sino también cultural que define a la nación. Las naciones se definen a sí mismas, pues, a través de un código que asigna roles de género muy precisos, categorías sociales específicas y concepciones de razas, etnias…homogéneas.

En las representaciones alegóricas se cruzan el imaginario nacionalista, los estereotipos sociales, los valores políticos y culturales de cada sociedad y momento histórico. Algunas naciones se quieren civilizadas, otras salvajes, unas blancas y otras negras, algunas más viriles que femeninas, y un largo etc.

La alegoría es la expresión pues, de un sistema político y, en especial, de un sistema de valores de toda índole que reflejan los principios éticos, culturales y sociales de una comunidad.

 

 

 

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