El nacionalismo: el azar en destino

Si se concede generalmente que los estados nacionales son “nuevos” e “históricos”, las naciones a las que dan una expresión política presumen siempre de un pasado inmemorial, y miran un futuro ilimitado, lo que es aún más importante. La magia del nacionalismo es la conversión del azar en destino.

Anderson, Benedict. Comunidades Imaginadas. Reflexiones Sobre El Origen y La Difusión Del Nacionalismo. Fondo de Cultura Económica, 1993

Si bien entre los círculos de historiadores la afirmación precedente es harto conocida y forma parte de una vigorosa corriente historiográfica que analiza el surgimiento y consolidación de los nacionalismos desde el siglo XIX hasta el siglo XX, resulta díficil enunciar esta idea más allá de los círculos de especialistas.

El nacionalismo extiende sus alas y arraiga cada vez con más fuerza en las sociedades contemporáneas, sin transparentar lo contingente, ordinario, y muchas veces fabricado, de sus afirmaciones.

Se justifica el presente, su especificidad y su carácter efímero en la búsqueda de unas raíces comunes que penetran un pasado lejano, que ha de servir para edificar un futuro mesiánico. Estas raíces se nutren a partes iguales de los hechos, de la historia, del mito, de la leyenda y de la fabulación para crear un “cuerpo nacional” sólido e inquebrantable. Prima la homogeneidad, la diferenciación frente al otro y la continuidad histórica de todos los acontecimentos, perfectamente encadenados en una sucesión perfecta de hitos fundacionales.

No quiere decir esto que los nacionalismos sean falsos o por el contrario totalmente legítimos, sino que forman parte de un proceso, reciente, de “imaginar” la nación. Y esta sutileza cambia por completo el punto crítico de análisis moral de los mismos.

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